Sentada ante un silencioso grupo de espectadores se debatía entre un respuesta afirmativa o negativa. Una pequeña, casi imperceptible, gota de sudor corría por su ancha y despoblada frente. Su fino cabello color cobre se erizaba de tanto en tanto como expresión de alarma, aunque rápidamente volvía a su incómodo lugar. El gran saco que la vestía le parecía, a veces, un insoportable peto de acero que la protegía de aquel exterior intimidante, horrible. Sus ojos se clavaron, sin querer, en una pequeña ranura en la pared que la enfrentaba. Se sorprendió de la inestabilidad del cubículo, la misma que sentía entre su alma y su cuerpo. Sin querer olvidó el motivo de su impaciencia. Su boca estaba tan seca que el solo hecho de articular una palabra la lastimaba, le dolía. Cada segundo que pasaba, cada exhalación de aire, no era más que un infranqueable camino a cruzar.
Un hombre de gran porte, cara símil seria y abundante estomago se paseaba pacientemente frente a ella increpándola a acertar una pronta respuesta. Daba pasos lentos, pero firmes. Buscaba con su mirada penetrar en su pecho y arrancar algún sonido vivo de su interior. Y si la efervescencia se apoderaba del grupo, el hombre reflexionaba un par de segundos y mientras deslizaba suavemente la mano por su gran barbilla volvía a buscar los ojos de aquella con un gesto que se meneaba provocativamente entre la compasión y la violencia.
El tiempo se detuvo pues es un lujo de los racionales. Por un segundo cada ser vivo presente se paralizó frente a su intento de vociferar la anhelada respuesta.
Respiró de manera tan profunda que todos sintieron que la atmósfera enrarecía, como si cada centímetro cúbico de oxígeno hubiese sido absorbido en esa inhalación final. Los latidos, antes imperceptibles, ahora eran cada vez más violentos, la saliva había adquirido tal densidad que su boca parecía explotar. Mientras trataba de aquietar el temblor de sus piernas juntándolas una con otra, sus manos no dejaban de moverse frenéticamente a través de su nuca empapada de temor. La expectativa crecía en los presentes conforme ella parecía tratar de responder. Cada corazón latía moderadamente y al mismo compás. Cada uno imaginaba o deseaba diferentes formas de contestar o de justificar, yo también deseo poder responder y espero que a usted no lo decepcione mi respuesta.
Pero la respuesta era simple y todos, lamentablemente, sabían que no había más brecha entre un si y un no que la que hay entre el ser y el deber ser, entre lo moral y lo inmoral, entre usted y yo.
Lentamente, y con una tristeza sumamente enervante, levanté mi calva y extraña cabeza, que hacía tiempo se encontraba orientada hacia el piso, y miré a cada uno de los presentes para posarme después sobre la nariz del tranquilo hombre que se pavoneaba frente a mí. En ese momento, como si algo se hubiese quebrado en mi interior, dije con una voz casi imperceptible: -Si-.
Un hombre de gran porte, cara símil seria y abundante estomago se paseaba pacientemente frente a ella increpándola a acertar una pronta respuesta. Daba pasos lentos, pero firmes. Buscaba con su mirada penetrar en su pecho y arrancar algún sonido vivo de su interior. Y si la efervescencia se apoderaba del grupo, el hombre reflexionaba un par de segundos y mientras deslizaba suavemente la mano por su gran barbilla volvía a buscar los ojos de aquella con un gesto que se meneaba provocativamente entre la compasión y la violencia.
El tiempo se detuvo pues es un lujo de los racionales. Por un segundo cada ser vivo presente se paralizó frente a su intento de vociferar la anhelada respuesta.
Respiró de manera tan profunda que todos sintieron que la atmósfera enrarecía, como si cada centímetro cúbico de oxígeno hubiese sido absorbido en esa inhalación final. Los latidos, antes imperceptibles, ahora eran cada vez más violentos, la saliva había adquirido tal densidad que su boca parecía explotar. Mientras trataba de aquietar el temblor de sus piernas juntándolas una con otra, sus manos no dejaban de moverse frenéticamente a través de su nuca empapada de temor. La expectativa crecía en los presentes conforme ella parecía tratar de responder. Cada corazón latía moderadamente y al mismo compás. Cada uno imaginaba o deseaba diferentes formas de contestar o de justificar, yo también deseo poder responder y espero que a usted no lo decepcione mi respuesta.
Pero la respuesta era simple y todos, lamentablemente, sabían que no había más brecha entre un si y un no que la que hay entre el ser y el deber ser, entre lo moral y lo inmoral, entre usted y yo.
Lentamente, y con una tristeza sumamente enervante, levanté mi calva y extraña cabeza, que hacía tiempo se encontraba orientada hacia el piso, y miré a cada uno de los presentes para posarme después sobre la nariz del tranquilo hombre que se pavoneaba frente a mí. En ese momento, como si algo se hubiese quebrado en mi interior, dije con una voz casi imperceptible: -Si-.

7 comentarios:
Un blog muy interesante. Mis felicitationes.
Estas invitada a visitar el mío.
Saludos
Nos leemos
Paso, la leo y la saludo.
Sobran mis palabras, ud. sabe.
Saludos
Crowley, muchas gracias. Acabo de pasar por el suyo y esta muy bueno. Me tomo mi tiempo para leerlo.
Caro, Gracias.
Saludos.
Gran texto. Como un microcuento, un microrelato, muy contundente. Me hizo acordar de Kafka, pero bueno no soy gran lectora, así que.
Saludos.
Fer, sabe que hay un libro de Kafka que idolatro que es El Proceso, y la verdad es que soy una chorra descarada (me agarro).
Saludos.
impecable. redondito. sin hilvanes.
me gustó
talita, me alegro que le haya gustado, igual usted ya lo conocía.
Saludos.
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